#sinreferentes

CUANDO SE CIERRA LA PUERTA

No se trata de sacrificar lo instintivo ni de mutilar lo espontáneo, sino de comprender que esos impulsos, si no respetan al otro, no son más que el reflejo de una dominación maquillada de naturalidad.

Algún día tendríamos que hablar de lo qué pasa cuando se cierra la puerta, el instante en el que unos ojos se apartan y asoma la llama de los monstruos que busca reconquistar ese espacio a través del silencio y la complicidad. El reino del simulacro infectado por un mutismo perpetuo, protegido del hedor con la capa de una risa sorda que enmascara una misoginia que finge ser inofensiva. No es un lugar habitado por personas que, al igual que el portavoz parlamentario caído en desgracia, no “vivan” de un modo feminista, sino que tratan de hacerlo, al menos simulan hacerlo cuando están en presencia de otras mujeres. Pero basta de ficciones: no siempre ocurre lo mismo en el momento que estamos solos, cuando el escenario se desmorona y suena la campana que marca el inicio del recreo. Es en ese espacio en el que demasiados congéneres —amigos, colegas de universidad, intelectuales autoproclamados feministas— buscan cooperación maquillándola de amiguismo. Lo que era inaceptable delante de las chicas se convierte en un festín de carcajadas exageradas cuando nadie más escucha. Las bromas, los improperios, las salidas de tono, lejos de desaparecer, emergen al encontrar ese cobijo de seguridad. Una de las conclusiones del caso Errejón es que algunos tenemos que decir hasta aquí, demasiada complicidad y encubrimiento, basta de mirar a otro lado, no hay lugar para esta suerte de omertà contemporánea.

El oleaje es revuelto y hostil, sí, pero navegarlo es una obligación moral. Sacudirnos la inercia, abandonar la comodidad de lo permitido, negarnos a ser partícipes del encubrimiento. Porque con lo de Errejón no mueren ni el #MeToo ni el movimiento feminista; lo que muere es la indulgencia con la traición, con esas fisuras que se abren desde dentro. Su caída no deslegitima la lucha, pero sí exige reforzarla, examinar sus grietas con mayor minuciosidad, protegerla de los discursos falsos que intentan desgarrarla desde el interior. La traición de un individuo no anula el valor de los principios; al contrario, subraya la urgencia de mantenerlos vivos. La puerta cerrada no es excusa ni refugio. Lo que ocurre ahí dentro —en esas risas, en esos comentarios cómplices— no es un resquicio de espontaneidad, sino un acto deliberado de regresión que perpetúa lo que decimos querer erradicar. Es momento de reparar y reflexionar acerca de nuestra responsabilidad frente a lo que aún ocurre.

Aunque un discurso aprendido, ejecutado y simulado hasta la saciedad haya resultado ser un fraude eso no hace naufragar una idea, solo señala al traidor, desvelando que la corrupción y la maldad no conocen rincones libres de conquista. Las ideas no mueren en las manos de quienes las mancillan, no hay que entregarse a la desconfianza absoluta, tal vez sí a la necesidad de estar en continua situación de alerta —aunque vivir así tenga una connotación algo triste—. Siempre hubo algún amigo “gay” que se aprovechó de la situación, pero eso no deslegitima a todos esos hombres homosexuales que encontraron un espacio seguro en el terreno femenino cuando el de sus congéneres era un campo hostil.

Mi naturaleza idealista me lleva a creer que las disculpas y las explicaciones de Iñigo llegarán y que serán sinceras e incluirán el reconocimiento y la admisión de una conducta intolerable merecedora de un castigo severo. Sin embargo, sus últimos movimientos no parecen buscar esta redención. El maquiavelismo y la violencia implícita en la retórica de su carta de renuncia invita a pensar en el abismo de contradicciones y excesos a los que ha sucumbido. Iñigo no puede acudir a un Dios en el que ampararse, pero de momento busca en la salud mental —todopoderoso contemporáneo a través del que se puede hacer caja en la actualidad— aquello que le justifique y le brinde calor. Pero esto no es fe, es la vida exigiendo responsabilidad y altura.

El desplome del político madrileño no es la muerte de lo que germinó en este país tras el 15-M, pero sí podría leerse como el colapso de esa primigenia exaltación mesiánica que pretendía sanar los males de la sociedad en su totalidad. Como suele ocurrir con estas tentativas, el resultado es la destrucción de aquellos que, al obsesionarse con la redención global, no repararon en que, mientras miraban hacia el futuro, cavaban su propia tumba. Y es que una lucha fundada en la superioridad moral no admite fallos —aunque no infrinjan ningún delito tipificado—. La referencia a Pablo Iglesias e Irene Montero y su chalé no es sutil, pero lo cierto es que, cuando comienzas dejando un abrigo en la silla del Congreso porque el ropero es cosa de la casta, y terminas mudándote a las afueras, alejándote de las aceras que prometiste no abandonar, resulta inevitable hallar la fisura moral. El movimiento feminista debe aprender de estos tropiezos, abrir nuevas vías de reflexión y acción que eviten la sectarización de la lucha y apunten a hacerla global, no una competencia política.

Una de las contiendas a las que el feminismo tiene que enfrentarse es lo que Sigmund Freud, desde su perspicaz penumbra, describió como el precio del progreso: la renuncia a la vida instintiva y a la espontaneidad para alcanzar una convivencia más elevada. Freud no hablaba de feminismo, claro está, pero su diagnóstico resuena como un eco en este debate. Porque lo que yace en el centro de esta lucha no es la abolición del deseo o de lo pulsional —como podría sugerir una lectura simplista—, sino la necesaria confrontación de un privilegio: el deseo masculino, ese que durante siglos se ha expandido como fuerza incontestada, englobándolo todo, sin más límite que el propio capricho. Es en esta confrontación entre lo instintivo y lo ético donde se fragmenta la grieta en la que tantos personajes públicos han quedado atrapados. Según Errejón, la política lleva a un patrón de comportamiento que, a menudo, “se emancipa a menudo de los cuidados, de la empatía y de las necesidades de los otros”. El portavoz señaló haber llegado al límite de la contradicción entre la persona y el personaje, una frase que destila tragedia. Porque el personaje —máscara forjada en discursos y convicciones— puede sostenerse solo mientras la persona que lo encarna sea capaz de cargar con el peso de sus propias contradicciones.

No se trata de sacrificar lo instintivo ni de mutilar lo espontáneo, sino de comprender que esos impulsos, si no respetan al otro, no son más que el reflejo de una dominación maquillada de naturalidad. Y es aquí donde esa distancia entre persona y personaje se convierte en magulladura abierta, en contradicción imposible de disimular. No es la vida instintiva la que está en juego, sino la exclusividad arrogada sobre ella. Porque lo instintivo no es, ni ha sido nunca, excusa para el atropello. Si tu ingenuidad vulnera los derechos de otro, no es una virtud, no es naturalidad, ni mucho menos libertad. Es un hábito perverso, un delito repetido que se ha perpetuado a fuerza de rutina.

El feminismo no busca apagar la llama del deseo, sino acompañarla de la luz del respeto: recordar que todo ser humano, sin importar su género, raza o condición, tiene derecho a la misma dignidad y libertad. Errejón, al cruzar ese límite, nos deja frente a una lección incómoda: que no basta con proclamarse aliado; hay que habitar el discurso, hacerlo carne, para que la máscara del personaje no termine devorando a la persona que la lleva. Para ello hay que señalar lo que pasa cuando se cierra esa puerta, esa interioridad en la que algunos evidencian que solo han estado interpretando un personaje.

En medio de este funesto panorama, lo que persiste es la miseria informativa en la que nos hallamos sumergidos, incapaces de distinguir entre lo que es rumor y lo que es información. Analizando todo con una vaguedad y una ligereza que espantan. La información llegó filtrada y se asumió como rumor —un mal al que pocos escapan en estos tiempos—, y ahora esos rumores y ese ruido se esparcen como si fueran información contrastada. Que algo genere ruido no quiere decir nada, que muchos lo sabían —hay que analizar que es saber y la liviandad con la que se hacen este tipo de afirmaciones—. Saber, en su sentido más riguroso, está ligado a la certeza, al trabajo de investigar, de contrastar, un ejercicio que no está en conflicto con el hecho de creer a las víctimas e investigar en profundidad cada una de las denuncias. Una información de calidad transforma a los estados en territorios libres, y a sus ciudadanos en soberanos con capacidad de decidir su destino.

MIRANDO LA VIDA HACIA ARRIBA

«El perfeccionismo y la rutina forman parte de una cotidianidad que sirve como escudo para la putrefacción de un exterior que encoge, la sencillez es el antídoto a una existencia que se intuye difícil».

EL PESO DE LA AMISTAD

«Trapé diseña los puntos de vista de los personajes de una manera tremendamente elegante, hablando a través de gestos, miradas y silencios. Dota a su personaje principal, Comas, de un silencio infinito, de una inexpresividad que inquieta».

UN DÍA DE MARZO

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