El silencio de hoy es el más cruel. Esta vez no hubo mención ni recuerdo, no hubo amago de cumplir las promesas que, vapuleadas por el tiempo, se desvanecieron como lo hicieron nuestras miradas tras el cristal del aeropuerto en nuestro último encuentro. Solo subsiste un encallado recuerdo que se aproxima como puñalada y obliga a acudir a la fantasía para transformar los hoyos de lo que un día fue presente en un valle donde pueda habitar la memoria, lugar de exuberante vegetación que engalana lo que era tierra mustia y agrietada.
No habrá más paseos a la universidad, no más besos junto a las estaciones, no acudiremos por el camino del tranvía para no ser vistos ni saldremos con cinco minutos de diferencia para disimular. No más retretes rotos, no más huellas de una pasión juvenil y descarnada que desgarraba todo lo que estaba a su alcance. No nos sorprenderán entre los reflejos de las cafeterías disfrutando de un café que hoy, más que nunca, amarga los labios. No queda refugio alguno, ningún lugar al que ir, se acabaron las excusas en forma de exámenes, presentaciones o trabajos, solo queda el trámite de rendir cuentas con la soledad y el recuerdo, solo resta espacio para ese motor y esa ancla que es la melancolía. Se borrarán los vapores de las duchas calientes y ya no aliviaran el calor las frías. Dirigiré mi mirada hacia un lado y ya no te encontraré ahí, se acabó la esquiva, no volverá ese juego pactado. Se esfumaron las huellas de los lugares que habitamos y ahora tengo que llenarlos sin tu presencia.




