La hierba siempre fue así de verde o era mi recuerdo el que la pintaba de un amarillo desvaído. La salida del metro es un lienzo poético para aquel que mira desde unos ojos que se alejan de la juventud. Cientos de estudiantes acuden poco abrigados a sus clases sin ser conscientes de la finitud y la celeridad con la que se marchará el momento que están viviendo. La cafetería ya no es ese antro con sillas de plástico y café amargo —sí lo es, pero no es solo eso—. Es el rincón de la confidencia, de las primera miradas y los rostros bañados por el sol, es el humo de los escasos cigarros que se consumen hoy en día. La risa no cesa en ningún momento y la lozanía de esos rostros me conmueve y acompleja. La pequeña librería a la que entré para preguntar por unas ediciones de Austral de libros muy pequeños —tengo una gran obsesión por esta clase de libros— es la muestra palpable de la impertinencia de mi presencia: “esos libros no los vendemos desde hace unos ocho años”, me dijo el librero con tono de extrañeza. Exacto, justo el tiempo que llevaba sin aparecer por estos lares. Librerías y bibliotecas no eran lugares de paso común en mi primera etapa universitaria, el otro día mi padre, entre bromas, señalaba que su hijo conocía todos los locales nocturnos de Madrid y que, si alguien necesitaba ayuda sobre eso, su retoño era la persona indicada para instruirle. La hipérbole, la risa y el ambiente distendido no lograban esconder la llaga provocada por un descendiente que nunca ha puesto fácil el cariño a sus progenitores, alguien que hace lo justo y que se basta de la mínima expresión de talento y esfuerzo para avanzar sin dejar espacio para la decepción, pero apartando cualquier tentativa de admiración por una suerte de sacrificio.
Es curioso el dolor que provoca pasar por lugares sin conquistar, es extraño recordar y revivir lo que un día fue simular, los lugares del presente son los desgarros del futuro. La incapacidad de vivir el presente nos convierte en presas de un futuro sellado, no hay distancia ni posibilidad, no hay rincón para habitar. Solo queda algún día volver a esos lugares y pensar que ojalá vivirlos desde esa actualidad, ese mismo presente que estás perdiendo por navegar de nuevo entre los meandros de la melancolía, esos recodos que, anteriormente, te impidieron disfrutar aquello que ahora estás evocando. No hay marcha atrás, solo queda saborear el café amargo, en una silla de plástico, mientras la sombra me protege de la radiación. Me han salidos algunas canas, pero soy el mismo, ya no quedan libros de Austral, no sé si quiero leer más.




