BOHEMIAN RHAPSODY | Bryan Singer

I’M A PERFORMER

«La película crea una atmosfera boyante, su intención no es ahondar en el drama vital de los personajes. No se jacta de mostrar los excesos de forma explícita, le basta con mostrar unos polvos encima de la mesa, algún diálogo intercalado en una conversación o una imagen simbólica poderosa».

La concepción de la crítica cinematográfica se basa en un análisis profundo, formal y riguroso de una pieza audiovisual. Pese a realizarse de una manera personal, exige dejar de lado apegos y recelos que se puede tener hacia la obra a analizar. Los críticos, deben abandonar la faceta de realizadores, guionistas y, sobre todo, el rol de exacerbados espectadores. El discurso crítico tiene que tratar de alcanzar la objetividad, pese a que siempre va a haber una postura subjetiva ya que es inherente al ejercicio analítico. Por ello, es preocupante que, de un tiempo a esta parte, esta labor haya ido perdiendo su esencia y haciéndose cada vez más predecible, transformándose en una suerte de exaltación del fanatismo que deja de lado la razón para entregarse a banalidades y construcciones que se asemejan a las pasionales “reseñas” que ejecuta el espectador medio carente de capacidad y ganas de realizar un acercamiento crítico de mayor profundidad.

Y si señalamos la pobre deriva de algunos sectores de la crítica, cabría esperar una mirada certera al otro extremo de la crítica y el consumo de obras audiovisuales, el olimpo audiovisual, esa esfera clasista que no admite otras creaciones que las que siempre ha venerado y obliga a rechazar el consumo de todo aquello que se aleje de sus construcciones, formas y preceptos. Desde luego jamás pertenecería a este grupo Bohemian Rhapsody, película que narra la historia del grupo de pop-rock Queen centrándose fundamentalmente en la figura de su vocalista Freddie Mercury. La cinta cumple a la perfección el canon de película anodina e insustancial, su cualidad solo tiene sentido en el cumplimiento de su fin, es una película de entretenimiento y eso es exactamente lo que la transmite a través de cada una de sus ondas e imágenes. Pese a su notable liviandad e irrelevancia, esta película tiene una virtud, que a menudo se antoja menor, y que solo cuando se fracasa en el intento de obtenerla es cuando llegamos a valorarla, la cinta tiene la cualidad de entretener, divertir, hacer soñar, y todo esto sin perder el respeto al espectador, tal vez esta debiera ser una premisa de lo que el cine tendría que ser. La crítica se equivoca si otorga a esta cualidad una relevancia menor, es tremendamente ardua la tarea de componer una película de estas características y que el objetivo se logre con este resultado, puede parecer casi una cuestión de magia, pero no lo es, para nada. Es el resultado de un producto tremendamente trabajado y, por encima de todo, estudiado al milímetro.

Pero, ¿cómo es posible que un producto con tantos errores como Bohemian Rhapsody pueda alcanzar el estatus de gran película? La respuesta es simple, es una cinta que logra crear una atmosfera conjunta que consigue aunar la pulsión de la narración con la vibración entusiasta con la que la recibe el espectador. La película narra una historia idealizada de lo que fue el génesis, el desarrollo y el eterno desenlace del grupo Queen. La película crea una atmosfera boyante, su intención no es ahondar en el drama vital de los personajes. No se jacta de mostrar los excesos de forma explícita —hecho que parece que ha hecho repudiar a muchos sectores la película al no ahondar de manera directa en temas “vitales” para “su” construcción del relato—, le basta con mostrar unos polvos encima de la mesa, algún diálogo intercalado en una conversación o una imagen simbólica poderosa. La cinta elude el espectáculo sensacionalista al que invita una historia como esta y evita adentrarse en ella desde una óptica amarillista y morbosa, que es lo que parece que un gran sector de crítica y público demandaba. Se centra más en el ascenso que en la caída, pero en esta hace más un ejercicio de intuición que de exposición, no especula ni hace espectáculo, se basta de un plano angelical de Mercury saliendo del hospital para reflejar el desenlace fatal de éste.

«Bohemian Rhapsody te sacude con una cadencia frenética que hace que los ojos miren a la pantalla hipnotizados, los pies empiecen a golpear el suelo al ritmo de la música y que la sonrisa aflore de manera incontrolable».

La película domina el tiempo y el punto de vista, es capaz de reflejar verosimilitud a través del montaje, de un uso magistral del punto de vista, de la escenografía y, sobre todo, del diseño y mezcla del sonido. Es una cinta que nunca pierde el ritmo, cuando parece que caes en sus innumerables errores, la película te sacude con una cadencia frenética que hace que los ojos miren a la pantalla hipnotizados, los pies empiecen a golpear el suelo al ritmo de la música y que la sonrisa aflore de manera incontrolable.

El compendio de manos que han formado parte de la dirección de la película (Bryan Singer y Dexter Fletcher) es tan eficaz como efectista. Cumple con todos los recursos formales y estéticos que contienen las películas de entretenimiento, asume como propios los movimientos de cámara para estructurar escenas memorables. La construcción no escapa a la espectacularidad, sin embargo, en este caso la incorpora como complemento y no como reclamo principal.

«Bohemian Rhapsody no pasará a la historia del cine, ni tan siquiera estará entre la filmografía sagrada de cualquier cinéfilo sensato, pero puede presumir de ser uno de los productos que más ha complacido a un público acostumbrado a productos de entretenimiento totalmente anodinos y carentes de contenido».

La cinta, pese a parecerlo por su construcción clásica, no es un documental, tampoco es la clásica película hecha para competir en festivales —dudo que haya ninguna nominación a los Oscar, exceptuando una casi obligada nominación a Rami Malek y alguna nominación técnica en el apartado de sonido—. Bohemian Rhapsody no pasará a la historia del cine, ni tan siquiera estará entre la filmografía sagrada de cualquier cinéfilo sensato, pero puede presumir de ser uno de los productos que más ha complacido a un público acostumbrado a productos de entretenimiento totalmente anodinos y carentes de contenido. De esto es lo que más rebosa esta obra, es capaz de emitir, con mecanismos muy pobres, una emoción que sobrepasa la pantalla, los instantes musicales caseros son tremendamente precisos, los personajes hacen uso de un humor tremendamente preciso y mordaz, y Rami Malek es capaz de ofrecer tantos matices a su personaje que hace que la conexión con él sea igual de intensa que la que tenía el público con Mercury. El acierto de Malek es que consigue adentrarse en la esencia de la energía de Mercury, no lo imita, se embriaga de su poder y ofrece un papel sensacional que destila fuerza y atracción.

En todo caso, el verdadero motor de la película —y no nos engañemos, su gancho comercial— son sus escenas musicales, en general creíbles, y en algunos casos, incluso brillantes. En gran parte de su metraje Bohemian Rhapsody luce como un recopilatorio de “Greatest Hits” junto a los “making of” de las canciones, que introduce fragmentos de la historia del grupo y Mercury.

En definitiva, creo que a la hora de narrar el visionado de una obra audiovisual es imprescindible contar tanto el análisis “objetivo” de la misma como la experiencia que se ha tenido con el visionado. Sería muy sencillo decir que Bohemian Rhapsody no es más que un torpe, pero entretenido ejercicio fílmico, pero sería empobrecer y renegar de mi propia sensación al visionarla, creo que es una de las cintas de entretenimiento mejor resueltas que he visto en mi vida, alcanza un nivel de emoción y excitación que no encontraba en este tipo de cine, por lo que me niego a catalogar esta película como una obra menor, sino que lo considero un producto —esto si con todas sus letras— comercial que llega a cotas cercanas de película de culto.

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