«El fútbol es el deporte más lindo y más sano del mundo, eso no le quepa la menor duda a nadie. Porque se equivoque uno, no tiene que pagar el fútbol, yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha. La pelota no se mancha». Maradona, quizá la persona que mejor ha representado los extremos que el fútbol manifiesta, definió este deporte como nadie en su adiós. “La pelota no se mancha”, por más que haya una mafia intentando disfrazar de emoción y diversidad lo que es industria. El fútbol representa la manifestación más cercana de los anhelos del esperanto, un canal de comunicación que es en sí un medio, capaz de generar un lenguaje común sin necesidad de recurrir a un idioma.
Dice Jorge Valdano, que en este deporte no hay que olvidar que el producto es el fútbol y que sus bases emocionales no pueden ser pervertidas. En la actualidad, asistimos a la hipocresía de una Europa que dibuja su moralidad en base al interés y al rendimiento del pecunio, es por esto, que no fue sorpresiva en su día la elección de Catar como sede del Mundial de 2022, una designación que acabo trastocando los calendarios de las ligas europeas más destacadas para adecuarse a las condiciones climáticas del país.
Catar 2022 es la evidencia de que el dinero es la nueva deidad, el símbolo del acercamiento reverencial de una Europa sin escrúpulos a un territorio cuyas riquezas convierten en inconvenientes lo que para que cualquier otro lugar serían impedimentos insalvables y censurables. No hay ninguna razón futbolística por la que un evento como este se lleve a cabo en estas latitudes, no es un país al que este deporte le apasione, e incluso por proporción de población sería muy difícil acudir a los todos los eventos salvo que el país entero se volcase en ello. Es un estado que cuenta con cerca de tres millones de habitantes, de los cuáles tan solo un 15% podrían considerarse como «autóctonos», por lo que no se puede hablar de un sentimiento de pertenencia, ni tan siquiera de una identidad catarí. Si se compara con un país sudamericano con similares datos demográficos, como es Uruguay, que cuenta con cerca de tres millones y medio de habitantes, las diferencias son inmensas. Según los datos de Cifra, el 25% de la población uruguaya asiste a los estadios a ver fútbol profesional y el 53% de la población piensa que el fútbol es lo que más destaca a su país en el exterior. ¿Por qué no celebrar un evento así en un país que lo va a acoger con las manos abiertas? Quizá porque eso nos retrotraería a 1930, cuando el deporte todavía tenía un sentido. La emoción ha sido desplazada y lo que marca el camino es el rendimiento mercantil. En Uruguay se celebró el primer mundial, en el año 1930, cuando el fútbol era una selva salvaje en lo que lo único que había era emoción, esa esencia que estos días está en riesgo.
Si el mundo llegara a su fin, el fútbol sería, sin lugar a dudas, uno de los pocos tesoros que merecerían salvarse. Porque el deporte es maravilloso, pero cuando el dinero lo toca con sus tentáculos provoca una fuerte herida que hay que curar rápido o de lo contrario se infecta, alcanzando todas las partes del cuerpo y sumiéndolo en una parálisis, provocando a una muerte lenta. La herida del fútbol está abierta, pero hay tiempo para suturarla, es tiempo de devolver a este deporte a su esencia pura y liberarlo de las garras de la avaricia.




