Un Juan Rulfo triste y melancólico escribía: “Hacía tantos años que no alzaba la cara, que me olvidé del cielo”. La primera vez que Hirayama cruza el umbral de la puerta me conectó de inmediato con este pasaje de Pedro Páramo. La repetición infinita de un gesto lo pervierte y transporta al territorio de lo cotidiano. Los gestos tienen poder, quizá no haya nada más poderoso. En la actualidad, salimos de casa cargados con un aparato que exige que agachemos nuestra mirada hacia la tierra para observar el diminuto mundo de sometimiento que se encierra dentro de los estrechos márgenes del dispositivo. Como gesto contracultural y viaje hacia lo libertario, Wenders construye un personaje que mira religiosamente al cielo cada vez que abandona su hogar.
El cineasta alemán vuelve a un cine de autor —sin la perversión semántica a la que habitualmente hace alusión el uso de este término—, sitúa la acción en Tokio, que se muestra como un lugar en el que orden, respeto a la intimidad y pulcritud no solo evidencian la educación de sus gentes, sino también la imperiosa necesidad de contacto de unos cuerpos aislados que solo se acoplan como respuesta desesperada, no hay más que advertir el beso de Aya a Hirayama. El perfeccionismo y la rutina forman parte de una cotidianidad que sirve como escudo para la putrefacción de un exterior que encoge, la sencillez es el antídoto a una existencia que se intuye difícil. Los lugares comunes son la medicina, el director teutón vuelve a apostar por un cine que cree en los milagros, que aspira a ser ese casete que Hirayama saca y escucha cada día. Es una apuesta —quizá naif— por lo analógico, por la elección desde la fisicidad y la materialidad, Wenders revela una vida que se puede tocar. Este planteamiento, entre idealista y esotérico, abre una ventana a un cine optimista que quiere limpiar las heridas con la misma precisión con la que Hirayama limpia los baños. Perfect Days se adhiere a la corriente optimista y humana de propuestas contemporáneas como las de Kaurismäki o Moretti, o debuts como los de Itsaso Arana o Celine Song, una clara apuesta por un cine que trata de dialogar sin gritar y de exponer sin imponer.


«El misticismo y el lirismo del director de Paris, Texas tienen en esta cinta un descenso a lo terrenal, encuentran la poesía en los actos cotidianos de hombre que riega las plantas, mira al cielo cada mañana o saca un café de lata en una máquina expendedora».
Es innegable la capacidad de Wenders para transportar los paisajes sonoros de la música pop a ambientes externos, cada canción posee una fuerza narrativa que permite a la película articular sin recurrir apenas al diálogo. El misticismo y el lirismo del director de Paris, Texas tienen en esta cinta un descenso a lo terrenal, encuentran la poesía en los actos cotidianos de hombre que riega las plantas, mira al cielo cada mañana o saca un café de lata en una máquina expendedora. Es una película que reivindica el valor del tiempo, creando espacio incluso para el aburrimiento, concepto que choca abruptamente con el afán de producción continua en el que se mueve el presente occidental.
Wenders destapa un mundo que es más bonito cuando se mira hacia arriba, un universo bañado por la música de Lou Reed que revela que los días perfectos son aquellos en los que simplemente comes un sándwich sentado en un banco mientras observas como el sol va dibujando formas entre las ramas de los árboles. El as bajo la manga de Wenders aparece al abandonar la sala, cuando la ciudad sin brillo ni vida, que te obligó a acudir de nuevo al cine como religioso medio de sanación y evasión ahora parece tener otra vida, es una urbe que respira si te paras a escucharla, que se deja dibujar por la luz del sol y que brilla con la luz de la luna, pero para ver hace falta tener intención de hacerlo y observar, como hace Hirayama, hacia arriba, en un contrapicado maravilloso que señala que la finalidad de la vida es intentar ir hacia arriba en lugar de esperar a que la realidad nos lleve abajo. El buen cine tiene la capacidad de conectar y hacernos dialogar con la realidad cotidiana, aunque fuera y con el paso de las horas vuelva —como dice Nach— el ruido, la prisa, el informe… pero al menos disfrutemos del último truco de Wenders, que permite que después de asistir durante dos horas a la vida de una persona que se dedica a limpiar baños, nosotros no solo tengamos empatía, sino que hasta cierto punto es un personaje que nos despierta envidia, así que lo que Wenders finalmente nos brinda la posibilidad de mirarnos en un espejo y nos receta una dosis de medicamentos que pueden hacer más llevadero el enfrentamiento con ese retrato: unas cuantas canciones, ciertas rutinas de autocuidado, alguna lectura, quizá no hace falta nada más.






