Cuando la puesta en escena y la narrativa apela a la emoción y no a la inteligencia del espectador se convierte en un vehículo perfecto para la transmisión de una suerte de moralidad, cargada de efectismo y carente de esa transparencia a la que el periodismo, al menos, debería tratar de acercarse.
Una de las claves del cine es el tratamiento del tiempo, uno de sus movimientos clave fue el neorrealismo italiano, que abogaba por un cine que otorgase a cada secuencia su tiempo interior. No obstante, Michelangelo Antonioni dijo: “me cansé de esto, ya no podía soportar el tiempo real, para que funcione, un plano ha de mostrar solamente aquello que es útil”. Las entrevistas televisivas suelen realizarse a través del clásico montaje de plano/contraplano debido a que se respeta la temporalidad de estas, el tiempo de pantalla coincide con el tiempo real por lo que hay una utilidad y una justificación en esa estructuración. Cuando la entrevista está editada, esta raciocinio se diluye, haciendo que el protagonismo del contraplano —en este caso Jordi Évole— pierda su esencia, adquiriendo tintes peligrosamente narcisistas. La escucha se convierte en imagen que no dice nada, una mirada intensa, el jugueteo con la barba, solo existe como necesidad de mostrar a un protagonista que no debiera serlo. No me llame Ternera es una entrevista al uso, sobreeditada y sobreproducida para tratar de obtener una factura “cinematográfica”. El documentalexhibe una charla áspera que muestras las grietas morales de un discurso inflexible que obliga a llamar a los asesinatos “acciones”, a las masacres “fatales errores” o que algunas de las victimas sean “guerreros que sabían a lo que venían”.
«Cuando la puesta en escena y la narrativa apela a la emoción y no a la inteligencia del espectador se convierte en un vehículo perfecto para la transmisión de una suerte de moralidad».
Es curiosa la insistencia en la “humanización” de Josu Urrutikoetxea cuando en ningún momento se aprecia intención alguna de romper la barrera entre persona y personaje que no sea a través de la apelación a Ternera. La entrevista cumple con los cánones periodísticos, no se puede negar el valor que hay en ella. El periodista catalán diseña un cuestionario firme, que pone contra las cuerdas el impenetrable discurso de Urrutikoetxea, que evidencia más su código moral a través de las piruetas semánticas a las que acude para tratar de defender su relato —la precisión en el lenguaje es básica para alguien a quien sus actos sitúan en el alambre— que por el contenido de sus palabras. La pausa y la reflexión son una constante, en parte por el cuidado con el que el entrevistado usa las palabras, y en parte porque se percibe una falta de cotidianidad en la expresión en castellano —cierto deje francés y un uso septentrional del condicional lo delatan—. Urrutikoetxea es una persona inteligente, que sabe a lo que se expone, pero también lo que impone. No hay huellas de blanqueamiento —a estas alturas es tremendamente ingenuo pensar que alguien como Évole pueda llegar a eso—, pero sí que existe una incomodidad, un miedo al desgarro, el entrevistador se concentra tanto y tiene tal miedo de no blanquear o cumplir con lo que se espera de él, que no se atreve a tomar ningún riesgo, por lo que la entrevista simplemente refuerza lo que ya se sabía, porque aunque Urrutikoetxea dice que otros han contado la historia por él, en los últimos tiempos ha concedido entrevistas a medios franceses y vascos, como Berria, Gara o Le Journal de Dimanche. No hay huellas de desnudez en la charla con Urrutikoetxea, no se puede reclamar un despojamiento al mismo tiempo que se exige arrepentimiento.


Évole busca la contradicción moral más que la contradicción discursiva, que, aunque pueda parecer lo mismo es lo que marca la distancia entre una entrevista o un interrogatorio. Évole y Sánchez no dejan en ningún momento emerger la naturaleza del “monstruo”, como magistralmente consigue Joshua Oppenheimer en The Act of Killing, que, a partir de la reconstrucción, muestra sin envoltorios la atrocidad de los actos delictivos sucedidos en Indonesia, sin necesidad de ejecutar un juicio moral in situ, lo que resulta en una imagen bestial que subraya la naturaleza irracional de la violencia y que nosotros como espectadores tenemos que digerir y enfrentarnos a ella.
«No hay huellas de desnudez en la charla con Urrutikoetxea, no se puede reclamar un despojamiento al mismo tiempo que se exige arrepentimiento».
El cuestionamiento sobre la conveniencia de dar o no “altavoz” a una persona como Josu Urrutikoetxea es lo que ha creado polémica. Considerando que el periodismo tiene la labor de informar y no de aleccionar, este debate me resulta absurdo, por lo que creo más conveniente cuestionar si Jordi Évole estaba preparado para entrevistar a una persona sin ambicionar de antemano que esta se disculpe por todas las atrocidades que ha cometido.
Otro aspecto que evidencia la intención constructiva en términos narrativos del documental es la introducción de una figura externa que posiciona al espectador. Es un recurso determinante y que edifica la historia desde una deriva sentimentalista, ya no somos un espectador neutral frente a una persona/personaje, sino que se nos sitúa en los ojos de una víctima del terrorismo para mirar la historia desde allí, lo que deviene en una práctica cuanto menos cuestionable. Esta persona, Francisco Ruíz Nuñez, consigue revelar la dimensión de los actos delictivos de ETA en el País Vasco. Son sus palabras: “Me dolieron tanto los disparos como la indiferencia de los vecinos”, las que evidencian esa herida que aún no ha cicatrizado y que forma parte de ese eterno silencio que rodea a todo lo relacionado con ETA en el País Vasco.
En este sentido, el documental tiene mucho más valor por lo que calla que por lo que narra. A ese mutismo al que no llegan las palabras es donde debería de haber tratado de llegar Évole y Sánchez, al lugar en el que se rompe el lenguaje y emerge la imagen, allí dejaríamos de ver a Ternera y Évole y simplemente veríamos a Josu Urrutikoetxea que era el protagonista del relato.






