Mi infancia no es una luz evocadora. Es un periodo de entretiempo y desconcierto. Cuando era niño no soñaba, quizá con ser futbolista, nadador profesional o algo similar, pero era una fantasía que pertenecía más a mi entorno que algo que procediese de una suerte de interioridad. Con la madurez han llegado los sueños y con ellos las pesadillas, esperanzas que llegan a destiempo cuando el juego se acaba y comienza el recuento. Es una desconexión absoluta para aquel que no se adaptó a ninguna época en la que le toco vivir. Un señor en el cuerpo de un niño y hoy un niño enmarcado en el rostro de un adulto al que se le empiezan a marcar las arrugas. La esquizofrenia como hábitat natural, la mirada pesarosa y apartada como refugio, el instante como algo que se escapa y que es ajeno, los días crueles que volverán transformados en recuerdo.
Ya en mi adolescencia intuía una vida solitaria y colmada con la felicidad que puede otorgar una cierta estabilidad económica, a la que tendría acceso por la facilidad con la que era capaz de sacar adelante los estudios. Divisaba una carrera de administración —lo poquísimo que se ha estudiado en mi familia ha ido por esta línea—, turismo o similar, algo que me permitiese acceder al cuarteto de la felicidad: casa, coche, un margen razonable para caprichos y una ligera capacidad de ahorro. No había nada más y nunca sentí que nada más fuera necesario, no había metafísica, pero tampoco llanto, el desgarro es imposible cuando no hay exposición al quiebre.
Hoy me doy cuenta de que no existe nada más pretencioso que anhelar una vida ordinaria —eso hace que te sitúes a ti mismo en la excepcionalidad—, pero el apego a la reflexión no me ha aportado nada bueno, solo quiero volver a ser una persona sencilla, un ser que habita en un piso que forma parte de un bloque inmenso. Quiero ver las noticias y que me inunde el desconocimiento, apartarme sigilosamente cuando el ambiente se verse en exceso, abrazar el sudor del esfuerzo físico y dar la espalda a la ilustración de la imagen y del texto. Bienvenido sea el entretenimiento y las horas que caen y se queman después de una jornada de trabajo intensa, ojalá tornar a eso.
Puedo resultar presuntuoso y cargante, pero siento que no he elegido este destino y que un acercamiento cartesiano me obliga a manifestar mi deseo de abandonarlo de inmediato. Quiero volver a ser un niño, al momento en el que no soñaba y solo me dedicaba a llenar las horas haciendo aquello que me tocaba hacer. Quiero trabajar, ganar un sueldo medio, no pido nada más, quizá un horario estable y unas vacaciones de vez en cuando. El lugar en el que estoy quema y deshidrata, quiero volver a nadar, ojalá algún día esta realidad deje de ser solo un texto.




