La calle está llena de ausencias compartidas, de entes que se conectan a través de cuerpos que ya no se tocan. No es que nos falte compañía; nos falta coincidencia. Gestos vaciados de intención, miradas que no se detienen. Mientras avanzo entre calles que se repiten, se cuela una pregunta: ¿existe lo fortuito sin búsqueda? Cada vez que cruzo una puerta, lo hago con una expectativa silenciosa: no de encontrar algo concreto, sino de ser interrumpido por lo inesperado. No busco el milagro, sino el accidente que altere la respiración. No hay planos ni plegarias. Solo el deseo mudo de que la vida se resquebraje por algún lado y que el mundo se tuerza, aunque sea por error. Pero incluso eso es trampa. La eventualidad, cuando se anhela, contamina al azar y lo vuelve decorado, transformando la casualidad en puro ejercicio de causalidad. Convertimos cada cruce en símbolo, cada roce en pretexto, creamos sentido mientras transitamos sobre una escenografía rota, en un teatro lleno de butacas vacías.
Queremos creer en lo fortuito porque no soportamos ser los arquitectos de nuestro propio fracaso. La esperanza en la coincidencia tiene algo de grito desesperado. Creamos dioses, relatos y teorías para justificar lo que no entendemos, para darle forma a un mundo que, en su estado puro, sería insoportablemente indiferente. Tal vez lo genuino no sea más que una invención a la que nos aferramos para poder habitar sin sumergirnos en ese inmenso vacío. Lo sentimos al caminar por las mismas calles, al repetir gestos cotidianos, al entrar en una habitación y no encontrar más que la sombra de nuestra ausencia.
Había estado enfermo. Un orzuelo me había deformado el rostro y el ánimo. Fiebre, bolsas de té en el ojo, días de encierro y espejo. Cancelé todos mis planes, pero al levantarme aquel sábado me encontré bien, solo quedaba la huella de una hinchazón en el ojo: ligera, inevitable.
El plan surgió con una apatía funcional: una llamada de mi primo, un concierto de flamenco. Accedí sin cuerpo ni alma, no hice preguntas. La falta de cuestionamiento me llevó más lejos de lo que esperaba, a San Sebastián de los Reyes, demasiado tarde para negarme, estaba montado en el coche y, si me soy sincero, a esas alturas, no tenía nada mejor que hacer. La música era jovial y vibrante. Los sonidos rumberos se difuminaron entre resonancias reguetoneras y acordes comerciales. Era demasiado temprano, tres horas antes tenía una bolsa de té en mi ojo. Me movía entre gente que no frecuentaba, sin intención de destacar o hacerme reconocible. Hasta que la vi. No era parte del guion. Un poco mayor que yo, en torno a los cuarenta, con una forma de estar que deshacía el aire: divertida, irreverente, sin máscara emocional. No pude parar de mirarla. No por capricho, sino por algo más parecido a la necesidad. Me deslicé hacia ella. No hubo rechazo, sino el suave interludio de un “más tarde” que trazó la coreografía exacta de nuestro encuentro.
Nos vimos fuera, casi sin darnos permiso. Hablamos de nada y de todo, como si el mundo hubiera olvidado hablarnos. Me preguntó por mi película favorita, no sé qué le contesté, quizá Carol; ella me habló de Call Me by Your Name. Había en ella una sinceridad sin esfuerzo, una autenticidad que no proclamaba su nombre. Me sentí menos enfermo a su lado, menos deforme, menos exiliado de mi propio cuerpo. Nos besamos. Fue un roce certero, como un punto sobre la herida. Una fricción que no pretendía eternidad pero que, como una gota de té, dejó un rastro indeleble en el aire. Después, justo antes de marcharse, volvimos a besarnos. Fue un adiós que no quería serlo. Y nos prometimos que hablaríamos. No con solemnidad, sino con la suavidad de quien acepta que algo ha cambiado, aunque no sepa de qué modo.
Pienso en ese instante como en una fractura, una fisura ínfima en el muro que emerge para protegernos del caos. Ese sábado era un cuerpo más, con un ojo hinchado y la piel febril. Y, aun así, algo se abrió. Quizá lo fortuito solo pueda emerger cuando nos retiramos. El azar, si existe, necesita ese abandono. Somos arquitectos condenados a habitar nuestras propias construcciones, no queremos lo desconocido; queremos un desconocido que responda a nuestra narrativa. Queremos milagros que encajen en nuestra concepción de lo divino. Y así caminamos, con las manos llenas de hilos invisibles que tejemos sin descanso. ¿Te pones nervioso Alejandro?, me preguntaba. Y sí, lo estaba, no sé muy bien por qué, pero lo estaba. Cada encuentro fortuito se convierte en una excusa para ensayar significados, para crear ficciones que nos alejen de la posibilidad más aterradora: que nada, absolutamente nada, tenga sentido.
Las calles siguen siendo las mismas. Repletas de ausencias compartidas, de cuerpos que se cruzan con la nostalgia de lo que no fue. Pero muy pocas veces algo se interpone y reescribe la escena. Ese beso, ese cruce, esa promesa leve: nada de eso salvó mi vida. Pero por un instante, me recordó que aún hay cosas que escapan a la lógica desahuciada. Que el azar existe, pero no se deja convocar. Y que, a veces, cuando el mundo parece una obra de teatro llena de espectadores muertos, alguien irrumpe y la vuelve a escribir. Aunque sea solo por diez minutos, que es el tiempo que tuve para conocer a Gema.




