El amor y la amistad tienen en la constancia a uno de sus esclavos, son un placer terrenal y mundano al que el ser humano accede de forma natural, o al menos ese es el resultado que podemos extraer de la creencia que sitúa al hombre como un ser social por naturaleza. El contacto con el amor y la amistad —que no es más que una clase de amor que no necesita tanta perseverancia— sucede de manera orgánica, sin necesidad de reflexionar en exceso sobre ello. Para Don Shirley, persona tremendamente introspectiva, sensata y reflexiva, la amistad y el amor son placeres que se antojan incompatibles con la dedicación absoluta al perfeccionamiento de la técnica musical. Shirley es un aclamado y altamente instruido músico, un virtuoso pianista capaz de interpretar como nadie las obras de Chopin —él mismo lo llega a afirmar en un momento del filme—, que está a punto de embarcarse en una gira que le llevará por muchos rincones del sur de Estados Unidos —tarea altamente peligrosa debido al racismo imperante en esas latitudes del país norteamericano—. Para su aventura meridional necesita un acompañante de viaje, alguien que le transporte y proteja sus intereses e integridad. Para esta labor escoge a un italoamericano proveniente del Bronx, Tony Lip, un tipo violento, corpulento, directo y resolutivo. Entre los dos se establece una relación puramente profesional, una muy complicada de hecho, ya que la cinta nos ha dejado claro que Tony es una persona racista y sin escrúpulos.
La película es una road movie de manual, cuyo margen para la sorpresa es realmente ínfimo. Desde el origen de la cinta, el espectador augura el desenlace de la misma, se han presentado dos personajes que no pueden ser más antagónicos pero que se adentran en un viaje que les hará cambiar su percepción. A pesar de ser una obra predecible y del clasicismo con el que está narrada —cumple con todos los clichés del cine de masas hollywoodiense— es interesante el punto de vista que adopta. La película se adentra en la mirada de Tony, que no es más que un niño/adulto que lleva encerrado toda su vida en el barrio neoyorquino del Bronx y que a raíz de este viaje irá descubriendo un país que no había podido ver, sumergiéndose así en un viaje emocional que le transportará a la madurez. La inmersión en el desarrollo de los personajes es muy importante para ser coherente con esta mirada, al personaje de Tony lo conocemos en todo su contexto —trabajo, familia e intimidad—, al personaje del doctor Shirley lo descubrimos al mismo tiempo que lo va haciendo Tony. Con el trascurso de ese trayecto hacia el sur, el viaje interior, el emocional, se hace más palpable y poderoso que el viaje exterior, cargado de problemas que no por conocidos se antojan menos graves e indignantes: prohibición de acceso a muchos lugares, detenciones inexplicables, palizas, vejaciones, etc. Uno de los aciertos de Green Book es que, pese a lo tentador que puede resultar pararse en el melodrama centrado en el conflicto racial, su narración no cede y pondera a la amistad por encima del conflicto racial, para que éste sirva para contextualizar la historia más que para guiarla.




«Uno de los aciertos de Green Book es que, pese a lo tentador que puede resultar pararse en el melodrama centrado en el conflicto racial, su narración no cede y pondera a la amistad por encima del conflicto racial, para que éste sirva para contextualizar la historia más que para guiarla».
El guion y las interpretaciones se establecen como los grandes aciertos de la película. Como resultado de este binomio tenemos a dos personajes perfectamente construidos, con un Vigo Mortensen y un Mahershala Ali imponentes, articulando dos de las mejores transformaciones del año. El guion, pese a ser muy efectista, es completamente efectivo. No así la dirección de Peter Farrelly, —autor, junto con su hermano Bobby, de comedias como Dos Tontos Muy Tontos o Algo Pasa Con Mary— que es tremendamente académica y pese a ser también efectista no es nada eficaz, ya que su única intención es guiar y forzar al extremo las sensaciones del espectador, introduciendo elementos audiovisuales de manual que se entregan a la consecución de una gran audiencia.
Green Book constituye una magnífica manera de entretenerse durante las dos horas que dura su metraje. Aunque su clasicismo y conservadurismo no le permite ser ni mucho menos una obra maestra, si posee un humor tremendamente fino y contenido capaz de componer una buena cantidad de escenas hilarantes.




