Parecía una noche cualquiera, la brisa estival se entreveraba con los efluvios del bar de abajo. La humedad, el calor y la ausencia de aire acondicionado eran el marco ideal para que el sudor fuese nuestro compañero de viaje esa noche. Pero no fue una noche más, fue el instante en el que decidiste rechazar la protección que te brindaba la negrura de tus gafas de sol. Esta vez no agachaste la mirada impúdica tratándola de ocultar entre las flores de tu vestido, cesó la vacilación, por un instante mi mundo fueron tus ojos, pero al cerrarlos me obligaste a centrarme en los míos y reparé en que hace tiempo que me había quedado ciego. Tu mirada me provocó extrañeza y ternura, me hizo sentir vivo. Una mirada así carece de sospechas, rompe la suciedad y la prudencia social para transformarse en puerta de acceso a una interioridad en llamas, a un renacer, a una evidencia de la vulnerabilidad de la vida.
Desde esa desacomplejada exposición supimos que arribaría un momento en el que nos abrazaríamos, nos diríamos por última vez que nos queríamos y recordaríamos ese segundo sabiendo que no habría otro. Durante meses jugamos a pretender que no veíamos, era el veneno y la medicina, y nosotros solo dos pésimos actores interpretando papeles para los que no estábamos preparados. No hay error porque el final esté escrito, eso convierte al camino en transición sin destino, en carretera llena de salidas de la que finalmente tomaremos la última y tendremos que pagar el peaje de desfilar por todos esos lugares que un día fueron ida y hoy son espejismo y recuerdo.
Nada se libra de esos abusones que son la distancia y el tiempo, esos que a mí no me alteraron mientras a ti te transformaron. Atrás quedaron todos los planes y promesas, ya no había ofrecimientos ni esperanzas, solo restos de cordialidad que impedían cortar todos esos juramentos de golpe. La grieta es eterna, un escudo bordado en mi piel.
Toda huella de trascendencia se ha ido como un tren antiguo que deja tras de sí una gran humareda, ahora solo queda una vía desierta, no hay ningún tren al que subirme, recorreré la vía caminando, a mi paso, solo y sin mirar atrás, ojalá encuentre alguna parada agradable, pero hay algo que es seguro, nadie más recorrerá esta vía conmigo.




