#CERRAR LOS OJOS | Victor Erice

ERICE DEMUESTRA QUE CREE EN LOS MILAGROS

«La creación de la imagen es la congelación de una corporalidad, de una expresión, un proceso de encapsulamiento del momento, la fijación del instante que evade a la muerte a través de su estancamiento».

Aún recuerdo con tintes fantasmagóricos la aparición de los títulos de crédito de El Sur la primera vez que la vi. Si me concentro puedo revivir la parálisis a la que se vio sometido mi cuerpo, que no era capaz de racionalizar nada de lo que había sentido, pero si podía expresarlo a través de síntomas: lágrimas, escalofrío y, sobre todo, una infinita quietud. La pantalla retornó al menú de la película —la visioné en Filmin— y aún seguía inmóvil, en silencio, condición que no me aventuro a señalar cuanto tiempo tardé en abandonar.

Es evidente que el cine —cualquier tipo de arte y, si dejamos la pretensión al lado, cualquier aspecto de la vida que implique un punto de vista— no es objetivo. Nunca podré ver el cine de Erice sin que ese visionado forme parte de cada nueva propuesta.

El cine del director vasco ambiciona ser arte y no se sonroja, disfraza o maquilla para no parecerlo. Es un cine reivindicativo, uno que sitúa a la forma cinematográfica en el lugar que le corresponde. Su nueva película es una obra maestra, sin ambages ni medias tintas. Y he de confesar que la larga espera, la idolatría confesada y el aura que creamos unos cuantos cinéfilos nostálgicos no ayudaban al buen desembarco de la empresa.

“En el cine ya no hay milagros desde que murió Dreyer”, expresa Max, un proyeccionista que almacena en su casa cientos de rollos de cinta, películas en las que hallan inscritas huellas de un pasado que intuye mejor.

La nueva cinta del director de Carranza es un estudio sobre la nostalgia y la naturaleza ontológica de la imagen. Construir a partir de la melancolía, preguntarse qué significa y cómo se puede leer una imagen. Erice, quizá el mayor talento cinematográfico que ha dado este país, esculpe una carta de amor al cine maravillosa, situándolo como motor de todo el relato e incluso introduciéndolo como elemento metacinematográfico.

«La creación de la imagen es la congelación de una corporalidad, de una expresión, un proceso de encapsulamiento del momento, la fijación del instante que evade a la muerte a través de su estancamiento».

Si partimos de la legendaria cita de Bazin en su gran obra ¿Qué es el cine? en la que señala que “la muerte no es más que la victoria del tiempo”, podemos suponer que la creación de la imagen es la congelación de una corporalidad, de una expresión, un proceso de encapsulamiento del momento, la fijación del instante que evade a la muerte a través de su estancamiento. Son fragmentos de tiempo que portamos para que la memoria acuda a ese desdoblamiento que se produce con cada acto de ver. El cine se convierte en un mecanismo capaz de abrir caminos hacia una nueva experiencia de la memoria. Esto es lo que se deduce, sobre todo, del personaje de Julio Arenas, actor que ha perdido la memoria y que interpreta de manera magistral José Coronado.

El juego de contraplanos es maravilloso, Erice se sitúa en terrenos de Tarkovski y Bresson a la hora de dar sentido y valor a su puesta en escena, cada sucesión refuerza y completa la información anterior o resignifica los espacios si se vuelven a estos más adelante. Es imposible no emocionarse y acudir a terrenos de evocación al observar el epílogo de la película, en el que pasado y presente se dan la mano a través del hilo conductor de la imagen, un rastro de tiempo y un paño para el futuro incierto. La nostalgia y melancolía tienen incluso un espacio autorreferencial, es inevitable recordar a la niña Ana cuando la cámara se acerca a los ojos de Ana Torrent, como se puede apreciar durante el diálogo entre Miguel y Ana en la cafetería del Museo del Prado. A través del tratamiento sonoro escuchamos la voz de Ana cada vez más nítida y cercana, la neutralidad del comienzo de la escena da paso a una intimidad que se da a través de la forma, es el cine el que se expresa y el que a través de la mirada es capaz de conectar la inocencia de esa adulta que ha “perdido” a su padre, mientras evocamos la ingenuidad de esa niña que asistía al cine a ver “magia”.

Erice de alguna manera hace que volvamos a creer en los milagros cinematográficos y que, aunque no está Dreyer, sitúa al cine como ese reducto de evasión, esa arte que conecta como ninguna con el sujeto contemporáneo, que lo ve como el medio con el que más puede dialogar y a través del cual expresarse de mejor manera. Una película como la de Erice no es la solución a la suciedad con la que se puede intuir el futuro, pero si puede ser un bálsamo ante esa oscuridad, capaz de construirnos un espacio de seguridad, al menos durante el tiempo que dura su metraje.

«El cine se convierte en un mecanismo capaz de abrir caminos hacia una nueva experiencia de la memoria».

A pesar de lo poco esperanzadora que resulta la cita, justo antes de proyectar en el cine abandonado las escenas de una película inacabada, Max tiene un momento en el que cree que esta cinta va a despertar algo en el protagonista, el escepticismo y la negatividad del principio dan lugar momentáneamente a un territorio donde puede suceder la magia y en el que la imagen emerge como salvación.

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