Antes de darme cuenta ya tenía mi polla dentro de su cuerpo. Sin preámbulo, ni pausa para digerir lo que estaba ocurriendo. La carne cedió al instinto como un cuchillo que corta sin hacer cuestiones. Pude firmar una sentencia de muerte antes de que la reflexión tuviera siquiera tiempo de acercarse a la mesa. No hubo belleza, ni construcción ni épica, no fue fruto de un afán rupturista o evocativo, solo avidez incontenida de quien viene excitado por una paja mal acabada en el Uber y consumido por un hambre desconsolada que obliga a follar con el mayor número de personas, convirtiendo al cuerpo en máquina de acumulación, en organismo recopilatorio de consumo de cuerpos como álbumes de cromos, generando una cartografía de pieles sin nombre, de conquistas sin memoria.
El deseo no tiene memoria ni espera. Estuvimos a punto de follar en el coche, el aire del Uber en el que volvíamos apestaba a escándalo, nuestras manos exploraban sin permiso ni vergüenza las fronteras de lo público. Ya en casa, lo mundano se abrió paso: una toalla de picnic extendida para proteger las sábanas del sangrado. «Es el día más fuerte de mi regla», me advirtió, y las sábanas tuvieron la cautela que mi cuerpo jamás pidió ni recibió. Porque lo sabía, claro que lo sabía. Habíamos hablado de todo, incluso de los organismos intervenidos sin barreras, de la tendencia por explorar unos límites que, en épocas venideras, para mí, eran fronteras con peajes que no quería pagar. Pero no fue un accidente. Fue una elección, no fue arrebato, no fue ceguera. Tampoco premeditación. Fue algo aún más perverso: la búsqueda de un paréntesis absoluto, una detención que bien pueda ser el final del juego. Me importa cada vez menos morir, y eso que debería sonar como alarma, es solo eco lejano en este estado de anestesia, como el ruido de una máquina de la que desconoces su funcionamiento. No se trata de coquetear con la muerte. Es algo más brutal, más bajo: un grito ahogado, una súplica muda por escapar, aunque sea por un instante, de esta soledad que me retiene tras la sombra indiferente de un muro que no deja eco.




